miércoles, 21 de octubre de 2009

A mi no, por favor.

El la obervaba, cargado de adrenalina en su interior. El asesinato todavía no se había cometido, como pensaban aquellos ingenuos de la policía. No... Ella estaba atada a la silla, en aquel abandonado estudio de ballet. La muchacha tenía un rostro bello, aún empapado de lágrimas. Pero el asesino no tenía compasión. El disfrutaba matando, alargando en dolor hasta lo inimaginable y escuchando las súplicas de sus presas, al final el depredador dejaba caer el golpe final.
Lo que ella no imaginaba (aparte de que si le dolería mucho) es que el aborrecía la sangre. Tenía que ser lo mas limpio posible. El tenía una táctica. Primero las golpeaba hasta cubrir su cuerpo de cardenales. Luego las ataba a algo y las dejaba sollozar toda la noche. Y al despuntar el alba, hacía lo mas cruel que nadie haya osado imaginar.
A todas aquellas muchachas, miles y miles de chicas, les robaba su primer beso, y a continuación las mataba para que nunca pudieran probar otros labios. Y ellas morían pensando en aquel roce.

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