miércoles, 6 de enero de 2010

Mi deseo.

...¿Qué cual es mi deseo para ti? Vaya, no se me había ocurrido; ¡ni lo he pensado!. Creo que te desearía la mejor fortuna, un faro que alumbre el mar de tus recuerdos (¡qué ancho, qué profundo, qué transparente, qué denso!, una pizca de intuición, una balanza...
¡Piénsalo! Me pides algo imposible. O casi. ¿Cómo escribir, cómo decirte lo que quiero para ti? Porque también está el factor realidad:
Amor, cariño, desenvoltura, sentirte amado... Eso es mi debate interior. Anhelo verte feliz, en compañía de alguien que pueda saciar tu hambre de mundo. Pero ya sé que no soy yo...
Así que me preguntaste lo que quiero para ti. ¡Quiero verte conmigo! Para siempre, te necesito mas que el agua de mis lentillas, ¡fíjate lo que digo! (Aunque haya sonado poco romántico, no me importa) Pero si sé, si sé que no te correspondo, debería apartarme de tu camino, rodando cual piedra que soy, cual percance para ti.
Te resumo: Quiero que seas feliz, y ojalá ese fuera para ti el regalo de Reyes procedente de mi.

lunes, 4 de enero de 2010

Emos: No son de hierro, no son seres sin corazón.

Eran superiores. Caminaban por las calles con decisión, vestidos de negro y rojo, con el flequillo ocultándoles sus miradas incitantes y misteriosas.
Cada uno tenía una historia que contar, aunque los demás la ignoraran parcialmente. Sabían cada uno del otro lo mismo, pues eso, que eran emos (como se llamaban a sí mismos), incomprendidos por el mundo y además mal vistos por éste. Kevin, por ejemplo, ocultaba a los demás que el no se autolesionaba a sí mismo y que vivía en casa de su abuela (que sus padres habían muerto, lo exhibía con gran orgullo). Lynn, tan pesimista y provocadora, se enternecía al ver a su primita vestirse de princesa y pavonearse delante de ella. Marco, además, el jefe de la pandilla, tenía temor a las alturas y se había enamorado verdaderamente de Lynn, y no como decía que ella era "una más para tirársela".

Pero para ellos mismos eran almas que vivían en paz, unos con otros, y que desconocían porque el resto de mundo les miraba mal. Aunque fueran diferentes se aceptaban, porque para ellos, aunque fueran de negro y rojo con el flequillo ocultándoles sus miradas incitantes y misteriosas, eran personas. No aquella gentuza que criticaba la señora mayor al verlos pasar lentamente.