miércoles, 17 de febrero de 2010

Emo**

Quedaron en su banco de siempre en la calle mayor a eso de las siete de la tarde. Marco llegó el primero y se desparramó en el asiento, Kevin llegó mas tarde y se quedó de pie tras el, fiel estatua inmóvil. Y Lynn la última, como siempre, con esos andares orgullosos. Se miraron. Ese día se unirían a ellos otro grupo de emos que no conocían de nada excepto por una red social de Internet. Llegaron a las siete y media. Kevin arrugó el ceño. No le gustaba que nadie llegara tarde. Eran cinco, cinco perfectos ejemplares de emos, pensó Lynn.
Se saludaron con vagos, "hola" y "¿qué tal?". El jefe del grupo le llamó mucho la atención a Lynn. Alto, de pelo negro y largo, con unos ojos azules fríos y despiadados y unos labios que invitaban a nadar en ellos. Se sentaron juntos y se pusieron a hablar en voz baja. La gente que pasaba por ahí les criticaba y les miraba mal, y molestos además, porque no tenían nada que criticar.
Pues bien, todos hicieron amistad, y Nick, el representante del grupo visitante, sugirió a Marco fusionar las dos pandillas. Pero el joven, no había pasado por alto la complicidad que había entre Lynn y el, y sus miradas huidizas al encontrarse los ojos del otro.
- No, gracias.- dijo fríamente.
Los demás dejaron de hablar, y Lynn preguntó: -¿Por qué?
- No me da la gana. Vámonos, son las nueve.
La chica se levantó. -Yo no me voy. Me han caido bien, y a Kevin también. Marco, yo no me voy.
El chico se quedó paralizado. ¿Entregarse al amor o pasar de el? ¿Perder lo que durante dos años había ido logrando poco a poco? ¿Perderla? Nick la tomó de la mano y desafió a el muchacho con la mirada. Un fuego interior le recorrió, pero no, no perdería el control. -No me voy a juntar con ellos. Siempre hemos sido uno. Ahora soy sólo uno.- miró a Lynn fijamente- Ya no hay estrella.
Ella retrocedió dolida. -Marco...
Pero el chico ya se había dado la vuelta y echado a andar. ¿Por qué coño la vida era tan cruel? No, espera, no debía dramatizar. Frío ante todo. Ya encontraría otra chica, mas buena que ella, mas idiota, que se entregara por completo a el. ¿Pero podría olvidarla? Pues claro que no. Olvidar sus ojillos verdes, su melena dorada, combinación extraña para un emo... La amaba.

lunes, 15 de febrero de 2010

La esperada.

Caminó por el jardín hasta el buzón azul de la entrada. Bostezó, y se puso un mechón castaño detrás de la oreja. Aún iba en bata, pero eso poco la preocupaba. Hacía tiempo que había dejado su vida de ciudad y entregado a los placeres del campo. ¿Quién la iba a ver? ¿El anciano Lorenzo, con su dentadura postiza que temblaba al ver chicas jóvenes? Abrió el buzón y metió la mano dentro. Sacó tres cartas y un pequeño paquete. Se dio la vuelta y fue hasta la cocina, donde el café se estaba haciendo. Se sentó en una silla y miró alrededor. La estancia se componía de nevera blanca apretujada en un rincón, junto al microondas y el horno, y luego ya la cocina, donde realizaba los platos principales. Todo estaba lleno de notitas tales como: "Dentista 6:30" y "Te quiero, cariño". A pesar de que tenía una dentadura perfecta y era soltera. Y fotos. Miles de fotos por doquier. Su historia en imágenes.
Sacudió la cabeza y empezó a abrir las cartas. Se sirvió café. La primera, era de Telefónica, con su correspondiente factura. Complacida, observó que no había gastado mucho en nada. La segunda, iba dirigida a un Javier Palacios, que por allí no había. La separó y continuó con la revisión. La siguiente era de su madre. Le hablaba de ella y su padre, que estaban bien, planeando un viaje a Escocia. Sonrió. Era tan agradable sentirlos sanos... Se fijó que le quedaba el paquete. Apuró la taza de café y lo desenvolvió. Era un paquete normal, pequeño y blanco. Pero eso no fue lo que le hizo latir el corazón desbocado. Con letra cursiva y tinta dorada, había escrito: A mi Catherine, te amo.
No abrió el paquete; lo despedazó. Incluía una carta que no mencionaré ahora, y un colgante con forma de lágrima que se colocó en seguida en el cuello.
De:
Tu seguidor, tu combatiente numero uno. Desde el principio estuve ahí, niña boba. Desde el principio. No me supiste ver. Te amo, Carlos.

Se escuchó el sonido de una taza que rompe contra el suelo.