domingo, 21 de febrero de 2010

..Cambio.

¿Qué le ocurrió? Es decir, ¿por qué dió ese cambio tan radical? De ser sincero, abierto, simpático, muy sociable y dulce, a no reconocerle bajo un velo de incertidumbre. Se volvió callado, misterioso, sumiso. Vestía de negro o colores oscuros, y siempre se llevaba un libro al bosque que había cerca de su casa. Sus padres se empezaron a preocupar. Sus amigos ya casi no le veían. Los maestros estaban sorprendidos, sus notas rozaban la perfección. Pero él ya no era él. ¿Qué es lo que hacía un joven reconstruyendo una herida?

lunes, 15 de febrero de 2010

La esperada.

Caminó por el jardín hasta el buzón azul de la entrada. Bostezó, y se puso un mechón castaño detrás de la oreja. Aún iba en bata, pero eso poco la preocupaba. Hacía tiempo que había dejado su vida de ciudad y entregado a los placeres del campo. ¿Quién la iba a ver? ¿El anciano Lorenzo, con su dentadura postiza que temblaba al ver chicas jóvenes? Abrió el buzón y metió la mano dentro. Sacó tres cartas y un pequeño paquete. Se dio la vuelta y fue hasta la cocina, donde el café se estaba haciendo. Se sentó en una silla y miró alrededor. La estancia se componía de nevera blanca apretujada en un rincón, junto al microondas y el horno, y luego ya la cocina, donde realizaba los platos principales. Todo estaba lleno de notitas tales como: "Dentista 6:30" y "Te quiero, cariño". A pesar de que tenía una dentadura perfecta y era soltera. Y fotos. Miles de fotos por doquier. Su historia en imágenes. Sacudió la cabeza y empezó a abrir las cartas. Se sirvió café. La primera era de Telefónica, con su correspondiente factura. Complacida, observó que no había gastado mucho en nada. La segunda, iba dirigida a un Javier Palacios, que por allí no había. La separó y continuó con la revisión. La siguiente era de su madre. Le hablaba de ella y su padre, que estaban bien, planeando un viaje a Escocia. Sonrió. Era tan agradable sentirlos sanos... Se fijó que le quedaba el paquete. Apuró la taza de café y lo desenvolvió. Era un paquete normal, pequeño y blanco. Pero eso no fue lo que le hizo latir el corazón desbocado. Con letra cursiva y tinta dorada, había escrito: A mi Catherine, te amo. No abrió el paquete; lo despedazó. Incluía una carta que no mencionaré ahora, y un colgante con forma de lágrima que se colocó en seguida en el cuello. De: Tu seguidor, tu combatiente numero uno. Desde el principio estuve ahí, niña boba. Desde el principio. No me supiste ver. Te amo, Carlos. Se escuchó el sonido de una taza que rompe contra el suelo.

martes, 2 de febrero de 2010

Tormenta.

Anteayer llovía a cántaros. Parecía casi imposible para este lugar tan árido y seco. Pero era de noche y sí, las gotas repiqueteaban incansables contra el cristal. Al día siguiente tenía clases, y no podía permitirme el lujo de no dormir. Me revolví en mi cama, inquieta. Pero la lluvia no cesaba, y luego vinieron los rayos y truenos. Me harté. Quería gritarle al cielo oscuro que dejara de llorar, para así poder conciliar mi sueño. Entonces abrí la ventana. El viento entró en mi habitación como un torbellino helando. No me estremecí, estaba acostumbrada al frío. La lluvia también penetró, bañándome y formando un pequeño charquito por el que mañana mi madre podría el grito en el cielo. Me subí a la barandilla, aunque corria el riesgo de caerme a la piscina, no me preocupé. Aunque era posible que mañana perdiera el autobús, no me preocupé. Aunque era posible que mañana dormitara sobre el libro de Matemáticas, no me preocupé. Disfrutaba con la tormenta batiéndose alrededor, como una cortina de niebla, hielo y pasión desenfrenada.