sábado, 21 de agosto de 2010
Limpio, puro, agradable.
Es limpio, puro, agradable. "Happy", como diría yo. Pero ahora yo no estoy hablando. Le toca a mi alma expresar lo que siente y siente muchas cosas. Caritas, ruidos, melodías, olores, caras, sensaciones. Es limpio, puro, agradable. Presiono las teclas sin ser del todo consciente de lo que escribo. Si cometo alguna falta de ortografía, les ruego me perdonen, no creo que lo revise.
Repito: es limpio, puro, agradable. El hogar.
viernes, 13 de agosto de 2010
El paraíso.. Creo.
Estoy viviendo, por un corto periodo de tiempo, en el paraíso. No en aquel Paraíso en que pecar es malo, morder manzanas es malo, y donde hay un Dios. Estoy en un lugar verde, tranquilo (aunque no silencioso), donde hago lo que me plazca y pocas veces tengo que consultar a alguien. Pero, últimamente, no tengo ganas de salir ni hacer nada. Me encierro en mi cuarto, o como ahora, frente al ordenador, y medito y pienso y reflexiono y suspiro, pero al final no llego a nada. Me siento pegajosa en esos momentos, y lamento no haber ido a pasear o a lo que fuera.
Es como si esperara las horas que vienen, como si alguna me fuera a traer algo muy deseado. Pero, ¿es así?
Creo que tantas emociones (reencontrarme con la familia, estar en una casa nueva, tener total y absoluta libertad, que dependan de mi un par de personas al tomar decisiones...) me han turbado, y deseo seguir un poco con mi habitual y taciturna soledad. Obviamente, esto no le hace gracia a un par de personas, quienes me miran, suspiran, vuelven a mirarme, y se resignan a salir sin mi. Desean mi bien igual que yo, pero no se muy bien cuál es. ¿Salir, quedar con amigos, tomar algo? No tengo ganas. ¿Quedarme en casa, aburrida, sola y lamentándome? No tengo ganas, pero me quedo. ¿¡¿POR QUEE?!? No me soporto a mi misma. Tendré que tomar una decisión. Espero que sea la correcta.
domingo, 25 de julio de 2010
Tu llamada.
Aún acaricio tu recuerdo en días inmortales, que se asemeja tanto a las hojas que solíamos acariciar... Te recuerdo como aquella sombra fugaz entre los árboles verdes y de oro y plata. Entre los saltos del agua. En cada corona que entretejían mis dedos poderosos por aquel entonces, y que luego te arrojaba a los pies.
Te recuerdo en los besos que evoco muy a menudo. En el pan de cada mañana. En las flautas y arpas que solías tocar. En la oscuridad que atravesabas y vencías sin vacilar. En cada trozo de partitura sonriente y melancólica te veo. En el Mar.
En el Mar.
Sucumbiste a la llamada de tu corazón por el Mar. ¡El Mar, el Mar! Bajaste por la rápida corriente, y ya sin pensarlo, llegaste a el. ¡El Mar, el Mar! Oíste el lamento de una gaviota y ya quedaste prendado, agitó el deseo de tu alma, para nunca más reposar bajo hayas y robles.
Y yo podía llegar hasta ti pero, ¿cómo hacerlo sin antes enfrentarme a los dioses? No deseaba llegar al Otro Extremo, aquel al que tu desembarcaste con tanta facilidad y ternura. Acariciaste la arena, jugaste con las olas, soplaste caracolas e hiciste música con ellas. Y yo escuché tu llamada. ¿Cómo abandonar aquello que has conocido? ¿Cómo dejar atrás mansiones y palacios, trinos de pájaros, plata y tierra? Aunque supiera que lo que me esperaba era mil veces eso, y que los días terminaban fugaces, envueltos en una luz que provenía de una oscuridad inexorable. Y no podía desoír tu llamada, tu petición de estar contigo.
Me quedé en estas costas.
Ahora espero otro el barco que me lleve contigo, porque escuchar tu lamento tejido en forma de canción es algo que mi corazón humano no puede soportarlo sin romper a llorar cada atardecer. Lamento mi error. Ahora iré hasta ti.
Te recuerdo en los besos que evoco muy a menudo. En el pan de cada mañana. En las flautas y arpas que solías tocar. En la oscuridad que atravesabas y vencías sin vacilar. En cada trozo de partitura sonriente y melancólica te veo. En el Mar.
En el Mar.
Sucumbiste a la llamada de tu corazón por el Mar. ¡El Mar, el Mar! Bajaste por la rápida corriente, y ya sin pensarlo, llegaste a el. ¡El Mar, el Mar! Oíste el lamento de una gaviota y ya quedaste prendado, agitó el deseo de tu alma, para nunca más reposar bajo hayas y robles.
Y yo podía llegar hasta ti pero, ¿cómo hacerlo sin antes enfrentarme a los dioses? No deseaba llegar al Otro Extremo, aquel al que tu desembarcaste con tanta facilidad y ternura. Acariciaste la arena, jugaste con las olas, soplaste caracolas e hiciste música con ellas. Y yo escuché tu llamada. ¿Cómo abandonar aquello que has conocido? ¿Cómo dejar atrás mansiones y palacios, trinos de pájaros, plata y tierra? Aunque supiera que lo que me esperaba era mil veces eso, y que los días terminaban fugaces, envueltos en una luz que provenía de una oscuridad inexorable. Y no podía desoír tu llamada, tu petición de estar contigo.
Me quedé en estas costas.
Ahora espero otro el barco que me lleve contigo, porque escuchar tu lamento tejido en forma de canción es algo que mi corazón humano no puede soportarlo sin romper a llorar cada atardecer. Lamento mi error. Ahora iré hasta ti.
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