Imaginaos, por un momento, una pequeña isla en medio del mar. La isla no tiene vegetación ni fauna, es sólo roca desnuda a la intemperie.
La roca y el mar siempre se tocan, están juntos.
A veces, cuando hay tormenta y el viento arrastra sombras, el mar se abalanza sobre la roca, cubriéndola por completo, no la deja respirar. Ella sonríe.
Sin embargo, cuando ninguna fuerza obliga a hacer nada al mar, éste deja en paz a la isla, sin preocuparse por ella en absoluto, puesto que no se va a mover de allí. Es en esos momentos cuando se siente más sola que nunca, aunque el mar siga tocándola.
Ambos están ahí desde el inicio de las cosas y estarán hasta el fin del mundo, juntos.
***
La roca debería aceptar la soledad que llega en tiempos de calma, y a no depender tanto del mar para alcanzar la felicidad; a sonreír menos y callar más.
El mar, por el contrario, apreciar lo que tiene y cuidarlo, porque ningún tesoro es eterno, y hacer notar que ella no está sola.
Ambos juntos no son lo que uno solo. Por separado no valen nada.
Darse cuenta de lo que tienen a lado y apreciarlo en todas sus formas y estados.
viernes, 4 de febrero de 2011
martes, 1 de febrero de 2011
Mis palabras.
Sobre fuego escribo en un helado lienzo, intentando capturar las últimas esquinas de un alma curiosa, de ésas que con un gesto frío te dejan escuchar su risa de cascabel.
¿Qué?
Muy bien, al revés.
Encima del hielo me desangro, acuchillada por mil palabras ardientes que no tenían donde ir desde que escaparon de la prisión de los sueños rotos.
¿Mejor?
No puedo descansar, hay sensaciones que todavía se me escapan entre los dedos. Intento asumir que la vida terminará antes que mi gran obra, que lo legaré a ningún sucesor, por que, ¿sabrían ellos, acaso, intentar plasmar lo que yo plasmo? ¿Lo que he trabajado y trabajo? Éstas palabras que ya son mías, porque las quise y pagué un precio por ellas. Aunque todavía me dominan y salen a su antojo...
¡Bah! ¿Qué van a saber?
Muy bien, ¡reíd! ¡Mofaros de mi! Pero cuando os sentéis frente al papel y no vengan, oiréis mi voz. Porque ellas están conmigo y jamás me abandonan. Puede que no las sepa encauzar, que salgan a borbotones, sin ton ni son, chocando unas con otras; pero jamás me abandonan.
Una maldición que yo misma me busqué y a la que no renunciaría por nada del mundo.
¿Qué?
Muy bien, al revés.
Encima del hielo me desangro, acuchillada por mil palabras ardientes que no tenían donde ir desde que escaparon de la prisión de los sueños rotos.
¿Mejor?
No puedo descansar, hay sensaciones que todavía se me escapan entre los dedos. Intento asumir que la vida terminará antes que mi gran obra, que lo legaré a ningún sucesor, por que, ¿sabrían ellos, acaso, intentar plasmar lo que yo plasmo? ¿Lo que he trabajado y trabajo? Éstas palabras que ya son mías, porque las quise y pagué un precio por ellas. Aunque todavía me dominan y salen a su antojo...
¡Bah! ¿Qué van a saber?
Muy bien, ¡reíd! ¡Mofaros de mi! Pero cuando os sentéis frente al papel y no vengan, oiréis mi voz. Porque ellas están conmigo y jamás me abandonan. Puede que no las sepa encauzar, que salgan a borbotones, sin ton ni son, chocando unas con otras; pero jamás me abandonan.
Una maldición que yo misma me busqué y a la que no renunciaría por nada del mundo.
viernes, 21 de enero de 2011
FÁBULAS ANTIGUAS DE CHINA: De cómo el viejo tonto removió las montañas.
Las montañas de Taihang y Wangwu tienen unos setecientos li* de contorno y diez mil ren** de altura.
Al norte de estos montes vivía un anciano de unos noventa años al que llamaban El Viejo Tonto. Su casa miraba hacia las montañas y él encontraba bastante incómodo tener que dar un rodeo cada vez que salía o regresaba; así, un día reunió a su familia para discutir el asunto.
- ¿Y si todos juntos desmontásemos las montañas?- sugirió -. Entonces podríamos abrir un camino hacia el Sur, hasta la orilla del río Hanshui.
Todos estuvieron de acuerdo. Sólo su mujer dudaba.
- No tienen la fuerza necesaria, ni siquiera para desmontar un cerrejón- objetó -. ¿Cómo podrán remover esas montañas? Además, ¿dónde van a vaciar toda la tierra y los peñascos?
- Los vaciaremos en el mar- fue la respuesta.
Entonces El Viejo Tonto partió con sus hijos y nietos. Tres de ellos llevaron balancines. Removieron piedras y tierra y, en canastos los acarrearon al mar. Una vecina, llamada Jing, era viuda y tenía un hijito de siete u ocho años; este niño fue con ellos para ayudarles. En cada viaje tardaban varios meses.
Un hombre que vivía a la vuelta del río, a quien llamaban El Sabio, se reía de sus esfuerzos y trató de disuadirlos.
- ¡Basta de esta tontería!- exclamaba -. ¡Qué estúpido es todo esto! Tan viejo y tan débil como es Ud. no será capaz de arrancar ni un puñado de hierbas de esas montañas. ¿Cómo va a remover tierra y piedras en tal cantidad?
El Viejo Tonto exhaló un largo suspiro.
- ¡Qué torpe es Ud.!- le dijo -. No tiene Ud. ni siquiera la intuición del hijito de la viuda. Aunque yo muera, quedarán mis hijos y los hijos de mis hijos; y así sucesivamente, de generación en generación. Y como estas montañas no crecen, ¿por qué no vamos a ser capaces de terminar por removerlas?
Entonces El Sabio no tuvo nada que responder.
Lie Zi
*1 li = medio kilómetro
** 1 ren = dos metros y medio, aproximadamente.
Al norte de estos montes vivía un anciano de unos noventa años al que llamaban El Viejo Tonto. Su casa miraba hacia las montañas y él encontraba bastante incómodo tener que dar un rodeo cada vez que salía o regresaba; así, un día reunió a su familia para discutir el asunto.
- ¿Y si todos juntos desmontásemos las montañas?- sugirió -. Entonces podríamos abrir un camino hacia el Sur, hasta la orilla del río Hanshui.
Todos estuvieron de acuerdo. Sólo su mujer dudaba.
- No tienen la fuerza necesaria, ni siquiera para desmontar un cerrejón- objetó -. ¿Cómo podrán remover esas montañas? Además, ¿dónde van a vaciar toda la tierra y los peñascos?
- Los vaciaremos en el mar- fue la respuesta.
Entonces El Viejo Tonto partió con sus hijos y nietos. Tres de ellos llevaron balancines. Removieron piedras y tierra y, en canastos los acarrearon al mar. Una vecina, llamada Jing, era viuda y tenía un hijito de siete u ocho años; este niño fue con ellos para ayudarles. En cada viaje tardaban varios meses.
Un hombre que vivía a la vuelta del río, a quien llamaban El Sabio, se reía de sus esfuerzos y trató de disuadirlos.
- ¡Basta de esta tontería!- exclamaba -. ¡Qué estúpido es todo esto! Tan viejo y tan débil como es Ud. no será capaz de arrancar ni un puñado de hierbas de esas montañas. ¿Cómo va a remover tierra y piedras en tal cantidad?
El Viejo Tonto exhaló un largo suspiro.
- ¡Qué torpe es Ud.!- le dijo -. No tiene Ud. ni siquiera la intuición del hijito de la viuda. Aunque yo muera, quedarán mis hijos y los hijos de mis hijos; y así sucesivamente, de generación en generación. Y como estas montañas no crecen, ¿por qué no vamos a ser capaces de terminar por removerlas?
Entonces El Sabio no tuvo nada que responder.
Lie Zi
*1 li = medio kilómetro
** 1 ren = dos metros y medio, aproximadamente.
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